Este es uno de esos museos grandes, que asombran y agotan a partes iguales. Te descubren antiguas civilizaciones de las que no habías ni oído hablar y te impregnan de algunas de sus obras icónicas. Del Museo Nacional de Antropología de México,
recordaba algunas cosas: las dimensiones y estructura del edificio, la Piedra del Sol y esa sucesión, casi infinita, de mundos prehispánicos.
Esta segunda visita fue diferente: menos impactante, lógicamente, y más rapída, ya que a
David no le interesan tanto estas cosas. Aún así, pasamos 2 horas y media y descubrí las
cabezas olmecas, las figuras mayas estratificadas, e intenté entender el
juego de la pelota y sus marcadores de aro en la pared. Vamos, un museo imprescindible.